17 de agosto 2026
SOY UN KIWI – CAPÍTULO 2.
Por la noche, después de haberse lavado los dientes, hecho pipí, bajado la persiana de su cuarto y dejar preparado su uniforme del colegio para el día siguiente, Sofía esperaba a su padre encima de su cama mientras ojeaba un libro. La lectura nocturna era un ritual sagrado entre ambos que solo se rompía cuando sus padres salían los fines de semana o él tenía alguna cena o viaje de negocios. Aquellos días eran su madre o su hermana mayor, Laura, las que leían con ella. Laura solía contarle historias de faraones y reyes, o guerras y tratados, según lo que estuviera estudiando en sus clases de historia o si tenía algún examen cerca o no. Y a Sofía le encantaban.
Sofía tenía dos hermanos mayores (mucho más mayores que ella, de hecho). John (o Jon, como le gustaba escribirlo a él) y Laura. Jon era el mayor de los tres. Tenía diecisiete años y casi no paraba por casa. A Sofía le gustaba escuchar su música y cotillear sus libros. En los viajes familiares Jon siempre llevaba algún CD para ponerlo en el coche. A Sofía el que más le gustaba era el recopilatorio de Queen. Y también gSultans of Swing, de Dire Straits. Los ponían a todo volumen y cantaban gritando We are the Champions y I Want it All, que siempre que sonaba producía la misma reacción indignada de su padre. “¿Qué tipo de canción es esta? ¿Pero qué es esto de querer tenerlo todo?” Y cada vez que lo decía sus hijos se partían de risa.
Su padre disfrutaba escuchando a Edith Piaf, Glenn Miller, Connie Francis, Frank Sinatra, Nina Simone o Steve Wonder. También le gustaba descubrir nuevas voces y talentos especiales. Recientemente se había encaprichado de Whitney Houston, Paloma San Basilio y José Carreras.
Cuando elegía Laura sonaba Rick Ashley, Eros Ramazzoti, Willson Philips y las bandas sonoras de las pelis del momento, como Dirty Dancing o Footloose, con las que Sofía se volvía loca.
Su madre ponía a Julio Iglesias o programas de debates e informativos de la radio que aburrían terriblemente a su hija pequeña.
En cuanto a Sofía, no parecía tener música propia. Se conformaba con el elegir entre la de los demás.
El caso es que aquella noche Sofía estaba ojeando un libro encima de su cama cuando su padre entró en la habitación.
-Te estaba esperando. He cogido Momo. Me encanta Momo. Y Casiopea.
– A mí también, es una de mis historias favoritas. Pero te voy a proponer otra cosa, a ver qué te parece. He pensado que esta noche, en vez de leer una historia, nos podemos inventar una sobre cómo llegó el kiwi a nuestras manos—lo del kiwi lo dijo muy, muy bajito para que nadie más lo oyera.
Sofía desplegó una sonrisa traviesa y asintió con entusiasmo.
-¡Me encanta!
-¡De acuerdo entonces!—y fue hacia la puerta de la habitación, asomó la cabeza al pasillo, miró hacia ambos lados y luego la cerró, muy despacio, mirando a Sofía mientras se llevaba un dedo a los labios. Sofía se tapó la boca con las dos manos para evitar que se le escapara la risa. Sus ojos brillaban con anticipación.
-Veamos—retomó el padre— ¿Quién quieres que empiece primero? Yo tengo un par de teorías muy interesantes, pero quizá prefieres…
-¡Empieza tú! ¡Venga! ¡Vamos!
– Verás—susurró él—yo creo todo esto ha tenido que empezar en una planta de empaquetado de huevos, ¿no crees? ¿Dónde si no? Allí, en una planta huevera de Cádiz…
-¿Cádiz? ¿Por qué Cádiz?
-¿Y porque no? Me gusta Cádiz. Me gustan sus playas, su comida, sus pueblos y su gente. Y quiero que mi historia empiece allí. ¿Puedo continuar?
-Puedes.
-Allí, decía, trabaja una mujer joven, morena con grandes ojos castaños. Llamémosla Carmen. Lleva un pañuelo morado en la cabeza, como esos que te gusta ponerte a ti en verano en lugar de la gorra.
– Se llaman bandanas.
-Lo que sea. Carmen es una de las encargadas de poner los miles de huevos que produce la planta en sus respectivas cajitas. Carmen tiene un puesto propio, con una silla y una mesa blancas pegadas a la cinta transportadora, donde selecciona los huevos. Ella y otras dos compañeras seleccionan los morenos, y su mejor amiga y dos encargados más, los blancos. A Carmen le gusta mimarlos. Mucho. A los huevos, digo, no a sus compañeros (guiño travieso). Los coge rápido (porque allí va todo rapidísimo) pero con mucha delicadeza. Les canta y les habla mientras los deposita en la caja de cartón, la cierra y la manda a precintar. «¡Buen viaje!», les dice. «Vas a convertirte en una tortilla de provecho». «Y tú vas a acabar frito y delicioso.»
»Además de mimar a sus huevos, a Carmen le gustan muchas otras cosas más.
-¿Cómo qué?
-Como los kiwis— suave rumor de hojas de otoño en la oreja de Sofía. Mirada intensa de la niña.
-Sigue.
-Verás, Carmen tiene la nevera llena de frutas y verduras de todos los colores y sabores. Le gusta bailar salsa y hacer zumos. Le encantan las macedonias y le chiflan los bocadillos de jamón con tomate. Untado, no en rodajas. Tiene dos hijos pequeños, Adrián y Martín. Son dos trastos muy divertidos y encantadores. El «día del kiwi» Carmen se había quedado sin naranjas para el desayuno. Esa mañana, después de siete negociaciones, tres amenazas, un berrinche y medio y un par de carreras por el pasillo de la casa para lograr vestir a sus hijos lo primero que hizo Adrián al llegar a la cocina fue preguntar por su zumo.
-Nos hemos quedado sin naranjas, hijo. Cómete un kiwi—le respondió su madre—Y rapidito, que llevo prisa.
Carmen no pensaba que Adrián fuera a hacerle caso, pues normalmente Adrián decía «NO» a casi todo lo que se le decía. Pero esa precisa mañana, en lugar de quejarse o preguntar que era un kiwi o preguntarle por qué le decía que se comiera un kiwi, Adrián solo dijo: «Vale» y dejó a su madre con la boca abierta durante un par de larguísimos segundos. Por suerte estaba de espaldas y no le costó mucho disimular su sorpresa. Sin decir una palabra se giró y con una sonrisa torcida dibujada en la cara se acercó al frutero, cogió un kiwi marrón y peludo, lo partió por la mitad y lo dejó en el plato de su hijo, quien lo único que dijo fue.
-¿Y esto como se come, mami?
Ella sacó dos cucharillas del cajón y le tendió una a Adrián.
-Mira y repite—respondió metiendo su cuchara en la carne prieta del kiwi. Cuando se la metió en la boca soltó un Mmmmm MUY exagerado y miró de reojo a su hijo, que, dubitativo, clavó su cuchara en la fruta y sacó un trocito del tamaño de tu pulgar.
Sofía se miró su pulgar.
Despacio, Adrián se lo metió también en la boca y lo saboreó, moviéndolo de un lado a otro hasta que lo mastico del todo y se lo tragó.
-¿Y bien?—preguntó Carmen
-¡Está rico, mami!—respondió el niño contento—Todo el mundo debería probar el kiwi una vez en su vida.
Y así fue como Adrián probó el kiwi por primera vez y como Carmen se fue al trabajo contenta y orgullosa de que su pequeño hubiera probado una fruta nueva y le hubiera gustado tanto. Más tarde, mientras colocaba los huevos en sus cajas, uno detrás de otro, detrás de otro, pensó en lo que había dicho su hijo. «Todo el mundo debería probar el kiwi una vez en su vida.»
Y fue entonces
Cuando decidió
Hacer…
LA LOCURA.
Sofía estaba absolutamente embelesada.
»Con mucha cautela, Carmen agarró su bolso, una gran bolsa de tela de color fucsia y azul cielo y, como si fuera la chistera de un mago, metió la mano hasta el fondo. A continuación, con un gesto rápido y furtivo, sacó el kiwi que se había llevado para almorzar. Después dejó pasar un rato, disimulando, hasta que se aseguró de que nadie se fijaba en ella. Y entonces fue cuando metió el kiwi en la caja. Con el corazón latiéndole a mil por hora, cerró la tapa de golpe y la dejó en la cinta, esperando con todas sus fuerzas no haberse metido en un lío por seguir el consejo de su hijo.
Y así fue, mi queridísima Chispa, como nuestro kiwi acabó en tu habitación. ¿Qué te ha parecido?
-Bueeeeeno—canturreó la niña mirando al techo y fingiendo indiferencia—no ha estado mal.
-¿Cómo que no ha estado mal? Ha sido maravillosa, alucinante, espléndida, apoteósica—se lanzó contra ella lanzándole un ataque sorpresa de cosquillas infernales—Ha sido la mejor historia que has oído en tu vida. Admítelo. ¡Admítelo!
-¡Lo admito, lo admito!—Sofía se retorcía entre carcajadas y sábanas revueltas. ¡Me rindo! Me ha encantado de verdad. ¡Para!
-Así me gusta. Ven aquí—la atrajo hacia sí para darle un abrazo— Mañana te toca a ti, ¿vale? Te dejo un día entero para que pienses en la historia, te inventes nombres y personajes, busques palabras rimbombantes en el diccionario (como rimbombante) y me dejes con la boca abierta. ¿Hecho?
-Hecho.
Una vez que hubieron cerrado el trato, el padre de Sofía se puso en pie y se acercó al armario de su hija.
-¡Eh! ¿Qué haces?
-Estoy buscando una cosa—respondió él mientras rebuscaba entre los vestidos, las blusas y los pantalones de pana—Esto, de hecho—Y sacó la caja verde.
-¡Eh! Ese era mi escondite secreto—protestó ella.
-Está claro que muy secreto no es, ¿no crees?—breve guiño gris—Mira, mamá abre tu armario todos los días para colocarte la ropa, o cambiarla, o escoger lo que te pones. Sin embargo aquí—señaló un baúl repleto de peluches y juguetes—no mira nunca.
Era verdad. Recoger su cuarto era cosa de Sofía. Su madre nunca abría ese baúl. Nunca.
-Si lo escondes entre todos estos peluches suaves y esponjosos es posible que te dure más de cuatro días. Así que lo dejaremos aquí y mañana por la noche lo sacaremos para escuchar tu historia. Y ahora cierra los ojos y duérmete.
Y con un beso en la frente y una caricia en la mejilla el padre de Sofía salió de la habitación, dejando a la niña sola con su almohada, su historia, sus huevos y su kiwi.

Ilustración de Iona García García)
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NOTA: El próximo capítulo se subirá la próxima semana. Si no quieres esperar, puedes encontrar la historia completa en Amazon. Si te gusta y me dejas una reseñita te lo agradeceré enormemente. Gracias por la lectura y el apoyo y ¡hasta el próximo!
Si os gustan mis historias o mi forma de escribir permaneced atentos a estos posts. Noticias interesantes muy pronto…



