10 de agosto 2026

Allá por el 2017, después de que una persona a la que respetaba me dijera que debería probar a escribir porque pensaba que se me daba «muy bien», decidí hacerle caso y, protegida tras mi primer seudónimo, lanzarme a escribir mi primera historia. Era un cuento sencillo, corto, con una niña pequeña como protagonista que, a veces, se sentía muy diferente a los demás sin saber muy bien por qué. Palabra a palabra, escena a escena y dialogo a dialogo, el cuento se fue tejiendo solo, hasta llegar al punto final. Y una botella que llevaba mucho tiempo acumulando burbujas de repente se abrió, liberando, a chorretones un montón de cosas que no sabía que podían salir desde dentro de mí al mundo así. SOY UN KIWI fue el tapón de corcho que un día ¡POP! y me permitió creer que tal vez sí que era capaz de cumplir mi sueño de escribir, contar historias y compartirlas con los demás. Ahora me atrevo a compartirla con todos vosotros, en formato semanal, en versión bilingüe español-inglés, con la esperanza de que os guste y os ayude u os conforte tanto como lo hizo con la pequeña Sofía…

SOY UN KIWI – CAPÍTULO 1.

Aquella tarde Sofía acompañó a su padre al supermercado. Le encantaba ir con él a hacer la compra. Le encantaba hacer cualquier cosa con él, de hecho. Era un día frío y claro, de esos que son gélidos y soleados al mismo tiempo. Sofía llevaba gorro, bufanda y guantes e iba cogida de la mano de su padre, grande, cálida y segura. Iban a pie y tardaron muy poco en llegar al supermercado.

– Tú te en cargas de esto— le dijo su padre mientras le tendía una corta lista escrita en papel pautado de color amarillo—Nos vemos en la frutería, delante de las piñas—Y le guiñó un ojo antes de darse la vuelta y salir apresurado por el pasillo de los cereales.

A Sofía le gustaba ese juego, ver quien llegaría antes a las piñas. Sabía que su padre tenía más del doble de cosas en su lista y que le estaba dando ventaja, pero aun así se esforzaba por llegar la primera. Y casi siempre lo conseguía.

Con energía sacó una cesta de la pila y salió disparada al pasillo de las conservas: tomate frito. Hecho. Atún. Hecho. Maíz. Hecho.

Luego a por la leche: seis bricks de leche entera y seis de semidesnatada, siempre de la misma marca.

Salchichas. Wieners. Bacon, en lonchas. Ambos de la misma marca.

Cacao en polvo. Instantáneo. Nada de perder el tiempo removiendo grumos. Por la mañana no hay tiempo ni para respirar.

Huevos camperos. Media docena. Cogió una de las cajas de color verde con la foto de unas simpáticas gallinas disfrutando del aire libre.

Terminó con el pan de molde y llegó pitando, casi derrapando, al mostrador de la frutería. Con su madre nunca derrapaba. «¡Compórtate, Sofía! ¿No ves que puedes molestar a alguien o ensuciarte la ropa?»
Vio aparecer a su padre por el pasillo de los productos de limpieza, dirigiéndose hacia ella. Ahora le estrecharía la mano como un buen perdedor y harían juntos la ronda de los mostradores para comprar verdura, fruta, embutido, carne y pescado. A su madre le gustaba congelar carne y pescado para todo el mes e ir sacándolo poco a poco según lo iba necesitando. Después pasarían por la sección de refrigerados y congelados, pagarían y regresarían a casa.

Mientras la cajera escaneaba los productos (bip, bip, bip) Sofía embolsaba la compra según los preceptos que su padre le había enseñado a lo largo de los años: lo más pesado abajo y lo más frágil arriba, así lo delicado no se chafa con el peso. Los congelados y refrigerados juntos en la misma bolsa para que conserven el frío. Los huevos lo último, ¡cuidado no se rompan!

Sofía encontraba fascinante que todo tuviera un modo lógico de hacer las cosas, y bebía cada consejo con avidez.

-Para hacer zumo de naranja tienes que sujetarla por el rabito y el culo, así. Ahora cortas por la mitad, exprimes y sale más zumo. ¡Rico!

-Cuando sirvas el vino, finaliza con un leve giro de muñeca, te ahorrarás la mancha en el mantel.

-Para picar la cebolla solo tienes que cortarla en rodajas, apilarlas y volver a cortar en contrasentido. ¡Rápido y sin llorar! Chas, chas, chas.

-Para hacer un huevo pasado por agua lo tienes que hervir durante 4 minutos y medio exactos. Te saldrá un riquísimo huevo cuajado por fuera y con la yema líquida, caliente y deliciosa.

-Y si lo prefieres cocido, sácalo con una cuchara de madera (nunca de metal) y observa si el agua de la cáscara se evapora rápidamente. Si se queda seco en un pis pas está listo. Si tarda más, vuélvelo a meter.

Con su padre siempre había algo que aprender, y ella siempre estaba lista para aprenderlo.

Volvieron a casa rápido y encogidos por el frío. Dejaron las bolsas encima de la mesa y empezaron a colocar la compra en una coreografía perfecta de giros, apertura de puertas de armario y cierre de cajones. Cuando su padre terminó, Sofía seguía colocando su parte de la compra. Era meticulosa y perfeccionista.

-Me cambio y hago unas palomitas—dijo su padre. Ella solo asintió con la cabeza mientras abría la nevera para colocar los huevos.

Y entonces ocurrió.

LA SORPRESA.

Cuando su padre regresó encontró a su hija sentada en una silla delante de la mesa, observando fijamente la caja abierta de los huevos. En silencio, la rodeó hasta situarse justo detrás de ella y también miró. Entonces se echó a reír. Era una risa fresca y algo quebrada. Vieja y gutural. Sencilla y vibrante. A Sofía le encantaba escucharlo reír así, él, siempre tan calmado y paciente. Y siempre que ocurría le daban ganas de decirle: “Vamos, papá. ¡Desmelénate!” (Le encantaba esa palabra).

La caja de cartón seguía abierta frente a ellos, mostrando sin pudor cinco huevos morenos perfectos y, justo en medio de la fila delantera, un absurdo y peludo kiwi marrón. Un cardo entre rosas.

-Vaya, vaya, vaya. En toda mi vida he visto una cosa igual—soltó su padre meneando la cabeza de un lado a otro mientras sofocaba la carcajada que le había dejado sin aliento— ¿Y tú qué haces aquí, pequeñín? Menuda ocurrencia— Sofía callaba—Tendré que ir a devolverla—y se acercó a la caja para cerrarla.

-¡No!—respondió su hija con vehemencia— Me gusta mirarlo. Y volvió a abrir la caja.

Su padre se puso serio y la contempló un buen rato antes de preguntarle.

-¿Por qué te gusta mirarlo, Sofía?

-Porque se parece a mí—respondió ella.

Un silencio, como una niebla blanda, invadió la cocina. La niña miraba el kiwi y el padre miraba a la niña, como si estuviera desencriptando un complejo código cifrado. A continuación dijo:

-Haremos una cosa. Vamos a hervir los huevos para que no se rompan y lo pongan todo perdido. Cuando se enfríen los pondremos de nuevo en la caja para que la guardes en algún sitio secreto de tu habitación ¿ok?
La sonrisa de Sofía deslumbró el corazón de su padre como en una radiografía. Blanco sobre negro. Los dos acababan de compartir un instante radiante de comprensión y complicidad. De aceptación.

-Y ahora vamos a comprar rápido otra caja de huevos antes de que tu madre llegue a casa.

(Ilustración de Iona García García)

Leer este capítulo en inglés: [English version]

NOTA: El próximo capítulo se subirá la próxima semana. Si no quieres esperar, puedes encontrar la historia completa en Amazon. Si te gusta y puedes dejarme una reseñita te lo agradeceré enormemente. Gracias por la lectura y el apoyo y ¡hasta el próximo!

Si os gustan mis historias o mi forma de escribir permaneced atentos a estos posts. Noticias interesantes muy pronto…

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